Apple: ¿por qué acabaste con el iPod?

Sostengo la teoría de que nos han metido un golazo con el negocio de la música en Streaming. Para entenderla primero hay que viajar al pasado. Concretamente a finales de los noventa, cuando Apple no era el gigante multimillonario (predecible y aburrido como lo ha sido bajo la batuta de Tim Cook) sino una empresa al borde de la bancarrota que dependía de las obsesiones y excentricidades de un solo hombre: Steve Jobs (en pie por favor).

Un poco de perspectiva

Cuando Jobs regresó a la compañía a finales de 1996 no entró pidiendo perdón. Más bien se marcó un Milei y entró con una motosierra. Lo primero que hizo para optimizar recursos fue amputar los experimentos fallidos de la directiva anterior. El mítico Newton (esa especie de PDA con el primer chip ARM de la historia de Apple) fue enviado directamente al desguace. Además redujo el catálogo de productos en un 70%. También se le recuerda porque sembró el pánico en los pasillos de Infinite Loop. Cuenta la leyenda negra de Cupertino que los empleados tenían auténtico terror a coincidir con Jobs en el ascensor porque si te preguntaba qué hacías por la empresa y tu respuesta era dubitativa, o no le fascinaba, estabas despedido antes de llegar a la planta baja. 

Y llegó la remontada

Pero tras la purga, llegó la magia. Primero nos entregó los iMac G3 en 1998, aquellos ordenadores traslúcidos de colores chillones de los que el propio Jobs llegó a decir que «daban ganas de lamerlos». Y una vez que tuvo la base instalada, ejecutó su gran estrategia del «Hub Digital”. El ordenador era el centro de operaciones y el resto de dispositivos debían orbitar a su alrededor. Y ahí, en octubre de 2001, nació el iPod. El plan maestro era redondo. Todo aquel que tuviera un iMac en su mesa era el target perfecto para llevar «1.000 canciones en tu bolsillo». El iPod nació para hacer al Mac imprescindible. Comprabas tu música, la ripeabas de tus CDs, la sincronizabas por FireWire y era tuya. Para siempre.

Yo entré en Apple por un iPod. Mis compañeros de trabajo me regalaron un iPod Shuffle allá por 2006. Recuerdo el unboxing y la cara que se me quedó cuando lo contemplé por primera vez. Todavía lo conservo y lo admiro (como Gollum miraba a su anillo). Está impoluto y plenamente funcional. Después llegaría un iPod Classic de 120 Gb con la mítica rueda Click Wheel, una maravilla de la ingeniería.

Hagamos un inciso de honestidad (que en Cupertino preferirían borrar de la Wikipedia). Apple no inventó el reproductor de MP3. Llegaron tarde. Bastante tarde. Años antes ya arrastrábamos por los gimnasios trastos bizarros, con interfaces espartanas que devoraban pilas AA, como el famoso Rio(aquel que con 32 megabytes te permitía meter diez canciones) o los primeros engendros con disco duro de Creative. Apple no inventó el producto, pero lo convirtió en un icono cultural incontestable. El impacto y su estrategia de marketing fue tan salvaje que se fagocitó el lenguaje. Durante una década, daba igual que te compraras un reproductor cutre de marca blanca en el expositor de una gasolinera. Si era rectangular y reproducía MP3, la gente lo llamaba «iPod». El resto de marcas fabricaban sus propios dispositivos mientras le hacían el marketing gratis a Apple porque el concepto ya pertenecía a Jobs. ¡La gente los llamaba a todos, fuera el que fuera, iPod!

Y el verdadero golpe de genio no fue el aparato en sí (que al fin y al cabo iba escondido en el bolsillo), sino los auriculares blancos con cable. En una época donde todos los cables de audio del planeta eran negros o grises, Apple tiñó los suyos de un blanco nuclear. Llevar esos hilos colgando de las orejas por la calle no era solo escuchar música. Era un símbolo. Te daba estatus de rebeldía, juventud, frescura … Era gritarle al mundo que estabas en la onda, que tenías un Mac con la manzanita y que formabas parte de la élite digital. Una obra maestra del marketing pasivo.

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Hoy nos reímos de la canibalización de dispositivos y criticamos que Apple saca diez modelos de iPad idénticos que nadie sabe diferenciar, pero en aquella época, tras el éxito arrasador del modelo de iPod original, la propia Apple puso el turbo y destrozó el mercado atomizando la gama en una variedad infinita de sabores y colores para todos los bolsillos (que estuvieran llenos de dinero claro):

  • El iPod Mini, que cambió el disco duro sintoísta por los Microdrives y trajo el aluminio de colores.
  • El iPod Nano, el rey de la delgadez tecnológica que cambiaba de diseño cada doce meses para obligarte a renovarlo.
  • El iPod Shuffle, ese paquete de chicles de aluminio y sin pantalla.
  • Y el iPod Touch, que no fue más que un iPhone capado para los que, además de escuchar música, también querían jugar al Angry Birds sin pagar una tarifa de datos. El último modelo de iPod que Apple presentó.

Una locura de catálogo que inundó el planeta.

Y cuando dejó de ser útil se lo cargaron

Vamos a apretar el botón de avance rápido hasta llegar a 2014. El iPod aguantó hasta entonces. Con Jobs ya ausente, Phil Schiller se subió un día al escenario y nos anunció que el iPod Classic pasaba a mejor vida. Lo hizo con esa cara que se le pone a los directivos de Apple cuando van a perpetrar un atraco. ¿La excusa corporativa oficial? Que ya no conseguían los discos duros de 1,8 pulgadas de Toshiba. El iPod Touch aguantaría hasta su séptima generación y fue discontinuado en 2022.

La realidad era bastante menos épica y mucho más crematística. Un tío con un iPod Classic (o Touch) de 160 GB en el bolsillo era el enemigo público número uno de la nueva Apple de Tim Cook. Alguien con toda su discoteca a cuestas, en local, sin pagar una suscripción mensual, sin consumir datos y sin depender de la nube, era un pésimo cliente para el modelo de negocio de Tim Cook. Había que matar el hardware que nos hacía libres para obligarnos a alquilar la música a perpetuidad a través de Apple Music, o de otros servicios de música por streaming. Ahí no eres dueño de nada, pagas mucho más, pero te hacen creer que eres feliz así, desposeído de tu patrimonio multimedia. Había que quitar de en medio al iPod y dejar apostarlo todo al iPhone (que arrasaba en ventas).

La muerte del iPod Classic para muchos fue una evolución tecnológica natural. Yo creo que fue el inicio de la era del «no poseerás nada y serás feliz». Nos vendieron que tener 100 millones de canciones en la nube era la libertad absoluta. Doce años después, el usuario medio de Apple Music o Spotify pasa más tiempo haciendo scroll en listas creadas por una IA que escuchando música de verdad. Nos fríen a notificaciones de WhatsApp en mitad de un solo de guitarra y permitimos que un algoritmo decida qué banda sonora ilumina nuestra vida. 

O tal vez sigue vivo (al menos en espíritu)

Así nos plantamos en 2026, año en el que se cumple el 25º aniversario del iPod original. Y resulta que, un atisbo de insurrección ha comenzado. O quizá seguía ahí porque nunca se marchó. Y no viene de los despachos de diseño de Cupertino, sino de la obstinación de los usuarios y de un mercado nicho que la propia Apple despreció. Frente al estrés digital de nuestros días corrientes, el iPod se ha alzado como el último búnker de paz mental. Un dispositivo que solo hace una cosa, pero la hace a la perfección: reproducir música sin espiarte, sin interrumpirte y sin pedirte la tarjeta de crédito cada treinta días. Y ademas con una calidad de audio mayor que la de las plataformas de streaming.

Cuando Apple mató el iPod, sus analistas decretaron que los reproductores de música dedicados estaban muertos. Se equivocaron. Lo único que ocurrió es que el mercado se volvió invisible para las masas, transformándose en el fenómeno de los DAP (Digital Audio Players). Marcas como FiiO, Astell & Kern, Shanling o la propia Sony (con su mítica línea Walkman), llevan años demostrando que hay vida inteligente más allá del smartphone. En pleno 2026, las ventas y búsquedas de estos reproductores se han disparado entre la gente que busca algo más que ruido de fondo. Así que a la moda de recuperar los vinilos, DVDs y cintas de cassette deberíamos añadir la de los DAP. Hay gente incluso que conserva sus iPods originales o los manda a restaurar para seguir usándolos. Hasta hay empresas que te los actualizan con nuevos discos duros y amplían sus “features” incorporándoles wifi o bluetooth. Hay software trucheado para instarlo en ellos y mejorar su performance y SO. Y si no tienes iPod lo puedes comprar (aunque cuesta un riñón). O si lo prefieres puedes adquirir un DAP de nueva generación de las marcas mencionadas.

Pero, todo esto ¿Por qué?

  • Audio sin adulterar: Mientras el iPhone te obliga a pasar por el aro del Bluetooth con pérdida o a colgarle un «dongle» adaptador para conectar unos auriculares decentes, los DAP integran DACs (conversores de digital a analógico) y amplificadores dedicados que humillan a cualquier teléfono del mercado.
  • Desconexión real: Un DAP es un oasis. No tiene App Store, no entran correos del trabajo, no hay alertas de WhatsApp, ni llamadas inoportunas. Es recuperar el ritual de escuchar un álbum de principio a fin, apreciando los matices, sin que una pantalla te reclame para alimentarte de dopamina cada seis segundos, sin otros paladines que compitan entre ellos por tu atención tras el cristal multitouch.

Apple abandonó este sector porque no escalaba a nivel de miles de millones de dólares en su gráfica de servicios recurrentes, pero el nicho ha resistido y está más sano que nunca. Si Tim Cook pensaba que la obsolescencia programada iba a enterrar al iPod Classic en los vertederos, infravaloró a la comunidad de seguidores. Hoy en día, rescatar un iPod del cajón de la vergüenza y tunearlo es casi una religión. Hay empresas enteras dedicadas a fabricar componentes específicos para revivirlos logrando características que dejan en evidencia los estándares “audiófilos” de la Apple actual.

Pero Apple no lo resucitará

La prensa tecnológica ha deslizado rumores que apuntan a un «reproductor conmemorativo» por parte de Apple. Un supuesto «iPod Pro» 25 aniversario de alta fidelidad para celebrar la efeméride y apaciguar a los nostálgicos. Ojalá me equivoqué, pero creo que Apple jamás resucitará el iPod. Y mira que el momento es propicio. Fecha de aniversario, nuevo CEO (del que se espera innovación y riesgo a la par) y la moda del hardware retro-musical. Pero no lo hará. Hacerlo significaría validar que la música en local, la propiedad de los archivos y la desconexión digital tienen sentido en el mundo moderno. Si Apple lanzara algo hoy, tened por seguro que sería un dispositivo sin almacenamiento local, atado obligatoriamente a una suscripción de Apple Music y con un precio que nos obligaría a emplear nuestros filtros renales en dación en pago, o a financiarlo a tres años con la Apple Card. Y para hacer eso, por mí que se queden quietecitos.

La verdadera resurrección del iPod no va a venir con una manzana serigrafiada en una caja blanca de 600 euros (con emisiones neutras de carbono). Viene de los locos que compran piezas en AliExpress, que rescatan la que fue una verdadera joya de la corona del catálogo de Steve Jobs y que deciden, aunque sea por dos horas al día, apagar el smartphone, girar la rueda de clic y hacerle un corte de mangas al algoritmo de Spotify.

Y vosotros, ¿tenéis todavía algún iPod vivo en el cajón de los decesos tech? ¿Llegasteis a tener la mítica gama de colores del Nano o preferíais la radicalidad sin pantalla del Shuffle? ¿Habéis probado el oasis de un DAP o ya os habéis rendido definitivamente al streaming? 

Yo a casi todas las preguntas os respondería que sí, sin rendición. A todas menos a la de haber probado un DAP. Ahora que lo pienso … habrá que ponerle remedio a eso, ¿no creéis?